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SANTIFICACIÓN DEL MARTES 4

De cara al desempleo y otras desgracias del siglo XXI ¿será políticamente incorrecto llorar en el transporte público? ¿habrá acto más vergonzoso que ir estirando el único pañuelo desechable que queda en la mochila? Últimamente parece que no hay tragedia más penosa que la de perder el empleo justo cuando se hizo una compra a meses, la cría se enferma o el perro necesita una cirugía.  Mientras tanto uno que otro incauto llorando por el azote de la neurosis, que de cualquier manera es el pan de todos los días.

 

¿Por qué duele tanto lo obvio?

 

Carta del 40

Seguramente lo vi en algún programa de Nickelodeon, ya no lo recuerdo porque ya tiene muchos años que me escribo una carta década. La escribo el día cinco de julio para abrirla el día cuatro, casi diez años después. Ahora mismo tengo el papel amarillento debajo de la lámpara. Dos predicciones cumplidas. Personas fueron mencionadas: los críos, la CCR (si se puede mencionar como persona), Lex, Los Mala Copa, Carlos y Vero, Paty, mis papás, Eliana, César Zayas.

 

Sólo Lex ya no figura en mis días.

 

Al pie de la hoja escribí: Ahora, ¿qué sigue?

 

El uno mismo que no es, ni jamás será el otro

Yo no sé qué sigue, lo que tengo muy cierto ahora es que hay que cuidarse. De la diabetes, el cáncer, los embarazos no deseados, pero sobre todo de los malqueridos, esas gentes que por andar limosneando cariño hacen, primero, una narración mentirosa de las ganas que te tienen; y que, segundamente, cuando ya te conocen, hacen un gran esfuerzo por quererte…porque pos’ ya que.  Pero no te quiere. No te quiere.

 

También hay que cuidar a los amigos. Procurar a los padres. Y caminar, hay que caminar mucho.

 

Ignorarse a uno mismo nunca es buena idea. Así se resume esto: hay que escuchar-se. Cada pequeño susurro de nuestro ser: el dolor en el hombro, la persona que nos da repelús, aquellos dolores de cabeza, la inflamación del colon, las ganas de dormir, el cansancio.

 

No importa el mucho consejo, pedido o no solicitado. Uno no es el otro y punto redondo, el dolor de uno no es el del ajeno.

 

Amiga del diablo

Ahora mismo recuerdo cuando a mi mamá no le agradaban mucho algunas de mis amistades, o alguno de mis novios, creo que por eso ahora me aterra tener otra pareja y traerla a casa, si mi mamá hace esas caras que hace… es que es raro que se equivoque con las personas. Por cierto, hace no mucho tiempo un sujeto estaba muy entusiasmado conmigo, me preguntaba con cierta regularidad si alguien ya sabia de él, que quería venir a mi casa, formar parte de mi vida familiar, y viceversa. Un día se asomó un poco, sólo un poquito y jamás nunca volvió a mencionar el tema, pude ver su cara de terror.

 

Se me acaba de venir a la mente aquella canción que pregunta where have all the cowboys gone? Paula Cole ilustra el devenir de los matrimonios que ya no soportan los acuerdos insulsos, esos que de fuera parecen hermosos, pero por dentro pueden ser terribles, tan terribles como lo narran las facciones más radicales del feminismo y tan normalizado como lo tenían muchas conocidas mías cristianas que hubieron de salir corriendo cual el mismísimo diablo del yugo de sus maridos.

 

Yo, soy amiga del diablo.

 

Hace unos años hice amistad con un joven matrimonio (en aquellos días todos éramos muy jóvenes), luego se separaron, seguramente pasaron muchas cosas, lo más relevante es que el marido resultó un verdadero cretino, un tanto cuanto agresivo, un poco desquiciado porque fue expuesto como un gran mentiroso; como el cobarde que es le echó la culpa a su esposa… que es mi amiga. Pero él también es mi amigo.

 

Sí él lee estas palabras sabe que estoy hablando de su experiencia más reciente, él lo sabe, alguna vez alguien le dijo que era hijo del diablo o algo así. Yo no sé, hace tanto tiempo que no hablamos de frente, tengo que reconocer que me tomó tiempo creer lo mucho que lastimó a esa esposa que adoraba y a los hijos que decidieron tener en su cristiandad.

 

¿Se puede querer a un cretino que no te hizo nada?

 

Yo lo quería mucho. Agradezco toda vez que fue él mismo, sin tapujos, cada platillo que cocinó, cada vez que me contó algo muy íntimo, toda vez que lo vi llorar conmovido, cada sueño y proyecto para su familia, para su camino de vida. Está tan lejos que no pude verlo perder su centro, no pude ver cuando empezó a deshilachar su sagrado manto de fe para convertirlo un velo falso que justifica su terror. La cagó y la cagó en grande.

 

¿La persona que conocía se esfumó?  Parece que no se cuidó y ahora se ve roto.

 

No hay medias naranjas, sólo medias moras azules

Las protagonistas de aquella carta que me escribí para mis cuarenta son las personas, para mí son muy importantes y ahora que he tenido tanto trabajo, traigo cual zumbido de mosco que no estoy queriendo a mis personas, las que yo escogí para tener cerca.

 

Conocí a alguien. Es mi media mora azul.

 

Tiene el nombre muy raro y costumbres aún más extrañas que su afición por el azul.  Platicar con ella es como pensar en voz alta, es como si la conociera de siempre. Ella también siempre está ocupada, así que no nos complicamos, sólo estamos ahí, juntas, respirando pasto. Me recuerda mucho al único sujeto mencionado en mi carta y que hace un rato ya no sé de él.

 

Alejandro fue mi amigo muchos años. Fue todo y nada, fue un silencio presente que todavía me visita en mis sueños; escribir de él es muy difícil, me da esa cosa en el estómago tan característica de un ataque de ansiedad. Alguna vez le conté a mi terapeuta y me dijo que era parte del duelo “¡duelo?” Ese día me di cuenta de que ya hacía años había perdido a mi amigo y yo todavía no podía transitar por ahí. Yo todavía lo sigo soñando, cuando despierto lo extraño tanto.

 

Pero ¿por qué lo sigo soñando? Parece castigo. En fin, la terapia cognitivo conductual no hace pausas, te empuja a seguir…ya, ahora sé por qué empecé a leer a Lacan. Quizá lo que hace falta es que se haga real, no lo he verbalizado, ni siquiera a solas, no puedo. Hace más o menos un mes iba a recoger a una amiga, como venía manejando marqué con voz, un hombre contestó, no me pareció conocido así que me disculpé y colgamos; mientras esperaba a mi amiga recordé la llamada ¿a quién carajo marcó el teléfono y por qué no reconocí su voz si son mis contactos?

 

“Lex” decía la lista de últimas llamadas, ¿por qué tengo su teléfono todavía?

 

Lo borré.

 

¿Porqué tengo como amigo al “hijo del diablo”? ¿es mi amigo? ¿porqué de pronto una de mis amigas más queridas se fusionó con su media naranja? Entre muchas cosas Lex me enseñó que no existen las medias naranjas, que hay mujeres que no damos para el matrimonio, que la gran virtud que aprecio de un hombre es que sea honesto con lo que quiere para sí. ¡Ah! Y que soy limosnera de afecto.

 Sí soy. Siempre hay un cachito para alguien más, para mis alumnos, las vecinas de la escuela, uno que otro biólogo, un ingeniero forestal, un productor de ópera, el hijo del diablo, los hijos de Paty y José, la señora de la papelería y media mora azul.

Obviamente me duele haber perdido a mi mejor amigo, obviamente no puedo dormir sin medicamentos, y claro que me veo genial a mis cuarenta años, por eso habré de santificar los martes, porque no dejo de ser la incauta que llora por el azote de la neurosis.

 


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