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500 NOCHES PARA DANIEL

 

2009

Si usted no reconoció la referencia del título, no salió de borrachera con “el César”. No tengo idea cuantas noches fueron, las suficientes, supongo, para memorizar las más famosas del Sabina y gastar las bocinas de Los Jarritos tratando de dilucidar si la letra de gastadas canciones trataban de esto o aquello. Esa maravillosa casa de ficheras que luego cerró, la plaza de Garibaldi, el Río de la Plata, Don Ramiro, la casa de Adrián y uno que otro barecillo de Zona Rosa vieron como después de tres caguamas empezábamos a platicar con acento argentino ¿qué platicábamos? Ya no lo recuerdo.

 

No podría olvidar jamás que Dani, “el César”, alejó de mí a cretinos mano larga, le quitó la cascarita de desgracia a mis problemas, nunca me dejó sola cuando el estado etílico me ponía en riesgo; yo confiaba mucho en él, hice bien. Ahora espero que él se sintiera tan apreciado como yo cada 1° de julio, cuando nos escribíamos para festejar el mes de nuestro cumpleaños. Tengo muchas fotos con él. Tengo, todavía, muchas ganas de llorar.

 

Medio mundo lo sabe ya: Daniel Liga murió.

 

¿Cómo sabes quién es tu amigo?

Desde que regresé de Sonora tuve que redefinir muchos conceptos que la terapia cognitiva-conductual (de alguna manera) me desmoronó con preguntas tan simples como “¿tú que quieres?” la primera vez quedé muda, que labor tan pesada tratar de responder al deseo cuando se está sumergido en la distimia. Ahora es más fácil, porque con chochos hasta el mutismo mental desaparece.

 

Muchas preguntas han sido contestadas desde entonces, con ellas reescritos muchos conceptos, menos uno: amistad ¿Qué es la amistad? Ya, ya, claro que están las respuestas de la escuela filosófica, algo de luz dan, pero quedan cortas cuando canto la letra de Roxette Listen to your heart.

 

Yo no sé que es ni para qué, ahora mismo cuando mi mejor amiga hubo de operarse un tumor y no me dijo, cuando me vengo a enterar que mi carnal de borracheras estuvo muy enfermo, ahora que ya no tengo tiempo de ver a nadie porquelavidaadulta; parece que las amistades me son más una necedad que una necesidad. 

 

La respuesta que busqué por meses la encontré en boca de la cosa llamada “marido” que no pero sí, porque cosas raras que hacemos con nuestras relaciones la generación X, en fin, él me lo dijo: hay amistad si hay vulnerabilidad.

 

19 días

Lo nuestro duró por ahí de 20 años (cocidos a borracheras), terminó el 25 de abril de 2024 a las 9:07 en la voz de su hermano. Se cumplieron 19 días el 14 de mayo, diecinueve días a sabiendas de que no volvería a ver a Daniel, no está más, no existe en ningún punto en este espacio ¡ay! Qué alivio me da saber que, aunque hay gente que casi no veo ahí anda, localizable en el Maps. Como dicen que hace la mula con el trigo, regresé a la misma pregunta ¿qué es la amistad? ¿Dani era mi amigo? ¿Qué fuimos?

 

Qué irrelevantes son los años cuando la pasas bien con alguien, me pasa con Los Mala Copa: parece que nos conocemos desde hace tanto tiempo, pero ¿nos conocemos?  ¿qué sabemos los unos de los otros? Inevitablemente mi cabeza pasa lista con todas las personas que YO considero mis amistades, -no necesariamente es al revés- ¿qué conozco de esas personas?

ü  Conozco sus nombres y apellidos

ü  Sé cuándo es su cumpleaños

ü  Tengo su teléfono en WhatsApp

ü  Hablamos por teléfono o nos vemos al menos una vez al año

 

Daniel. Pinche Daniel, siempre mandando una felicitación el 8M valiéndole verga si era inadecuado, siempre el mensaje de año nuevo y el de navidad. Sin falta. Incluso este año que ya no estaba tan bien. Ahora conozco quién era, cuando ya no está; ahora sé que a nadie le caía mal y que no expresaba su tristeza. Pero vaya que platicamos mucho, tantas cosas, tantas veces. Ahora también se esto: la amistad se hace. La amistad no se elabora en 19 días ni se teje de “veces” ni de calidad porque a veces uno anda muy mierda ¿De qué se hace entonces?

 

Pues de eso, de desnudez.

 

David y el hijo de Saúl fueron los mejores amigos, el uno tiró su armadura y sus armas, el otro lloró harto (consulte usted I de Samuel 20:30); vaya, fueron vulnerables el uno con el otro, encueraron su ser. Eso es, ¡no? Un amigo es con el que te encueras a la existencia. Con esta conclusión en mente y un cuadro comparativo que dibujé en una hoja de cuadro chico para contestar los puntos de la lista anterior, empecé a notar que tengo muchos menos amigos de los que creía.  

 

Persona que lee, neta, pregúntese ¿qué hace ese contacto de whatsapp tan especial? ¿es especial o sólo es? ¿es un amigo o solo alguien que conoce?

 

Y bueno:  Daniel no fue mi amigo, no, fue un “carnal”, mi carnal, mi formal compañero de embriaguez.

 

Quien habita Telegram

Tengo muchas anécdotas con Daniel, me da mucha paz saber que tengo suficientes fotos para ilustrar aquellas narraciones. La amistad es una narración. Dice Epston que la pista para entender lo que parece un problema es identificar el tema dominante en las narraciones que nos hacemos de nuestros asuntos; ha sido un ejercicio un tanto reparador narrar-me al Cesar, pero entonces caí en cuenta que como en toda narración, la ficción se entromete y entonces ¿qué fue y qué es invento?

 

Déjeme contarle la historia del Hombre que habita mi Telegram. La última vez que lo vi seguía siendo la única persona que cuando platica conmigo no toca el celular, ni para ver la hora, pero no sólo esto lo hace una excepción, lo que hace de este sujeto una entidad casi ficcionaria es que, me temo, su paso por mi vida ha sido gravemente distorsionado por tanta chick flick que he visto, me conté por muchísimo tiempo que Lex era una constante necesaria en mi vida, me lo creí tanto que tengo cuatro años soñando con él casi todos los días.

 

No, no estoy exagerando, me causaba tanta desazón soñar con alguien que dejó de quererme que en mi tercera sesión con la terapeuta expuse mi pequeño infierno. Ella me dijo: ¡pero claro, Eli! Claro que sueñas con él porque mucho tiempo fue tu apoyo emocional y ahorita estás pasando por un momento muy importante, ya vas a ver qué vas a dejar de soñar con él.

 

Y no, nada más no sucede. ¡Dios, mejor déjame soñar con Dani! Ya sé, es que, en realidad, con Dani nunca desnudé mi alma y con Lex hasta me desollé.

 

Hay amistades de las cuales ya no tengo fotos recientes, esto parece indicar que la actualización del archivo fotográfico es directamente proporcional a la presencia de los compañeros de vida; hay imágenes que miro con tierna nostalgia sin desear un poco regresar paso atrás ni un solo año, otras tantas confirman lo que dicta la terapia narrativa: un acento constante en ciertos issues.  Como soñar con el Hombre del Telegram y no con el amigo del que no me pude despedir… ahora que lo pienso, no me pude despedir de ninguno.

 

Urgencias, disimulos y rutinas

A razón del ritmo de vida del adulto promedio dejé de ver a Dani, es más, el día de su último cumpleaños no pude acompañar a su hermano por una chela. La urgencia de trabajar y ser madre también me ha obligado a redefinir conceptos, reordenar prioridades y cambiar de narrativas, sobre todo de mis amistades y respecto al Hombre que habita mi Telegram.

De él tengo un breve video mental de sus manos, de su voz, su risa, el olor de sus almohadas, el llanto en sus ojos, su cara cuando escribe, su cara con lentes, su cara sin lentes, su cara dormida, su clóset, la sensación que tuve cuando un día vi que, al igual que yo, tenía una pared tapizada con papelitos de diversa procedencia.

 

Yo me conté una historia de algo que nunca fue: érase un fulano con ojos de gato que decidió ser mi amigo cuando se dio cuenta de que de novios no la armábamos, y luego un día de la nada dejó de quererme, me empezó a dar su excusa que yo sabía muy bien daba para no ver a la gente: estoy mal del estómago. Su boleto para no salir con alguien me lo dio a mí, me volví una espectadora más, dejé el lugarcito que según yo tenía en su vida, me sacó de una patada, sin decirme porqué.

 

Se cambió de casa, no me dijo a dónde iba. Entonces yo, me fui a vivir al desierto, muy lejos de él y muy cerca de dos intentos de suicidio. Un día antes del primer intento le marqué por teléfono después de meses de no hablar, le marqué porque temía que él, como muchos otros, hubiera sido tomado por el COVID, cuando le expresé mi temor se rio. Yo colgué y bloqueé su número para asegurarme de no sufrir otra vez el mismo dolor: que no regresara la llamada.

 

Claro que esta es sólo una versión, esta es la narración en la que aún no pongo punto final al asuntito de las amistades, mucho menos al señor ese del Telegram; mientras sucede, le invito a regresar a la maldición de reunirnos sin Daniel, a cantar Sabina sin su voz, a dar por perdido a un hermano de vida. Vamos a narrarnos los días desde nuestra propia fotonovela, en la que el César dijo Hola, pero no dijo adiós y que bueno, porque así nunca se irá.

 

Nos toca andar como toreros del recuerdo, evadiendo las cornadas, los problemas de adultos, rogar porque los cobardes regresen con la voz en la lengua a contar sus propias versiones; pidamos a la virgen de los vientos que nos visite la eterna sonrisa de Dani y que nos de 20 vidas más porque estos años no fueron suficientes para cantar a Riccardo Del Turco: Poi non ti ho vista più. Vieni, da me c'è tanto sole, ma ho tanto freddo al cuore se tu non sei con me.

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