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CONGRUENCIA Y GRATITUD FRENTE AL DINERO

Anónimo, Mercado de telas de Bolduque.1530

Junio de 1978, se estrena Grease (por acá Vaselina), el musical que años más tarde se volvería mi obsesión infantil, después fui la adolescente más feliz del mundo cuando tuve oportunidad de bailar “We go together” en un escenario. ¡Claro que me sabia el Soundtrack! Ese pobre CD rayado todavía existe en la profundidad de un closet, si fuera un disco de acetato sólo tendría una canción intacta “There are worse things I could do”, es que en ese momento de yerta juventud no había espacio para la reflexión, pero ahora ¡fack! 

SER UNA ZORRA 
Miss Channing en el papel de Rizzo, interpreta a la chica mala-zorra de la escuela que en algún momento de la película teme estar embarazada, ¡y ahí canta la mejor maldita canción de toda la película! En resumen, la canción es una crítica a la doble moral de los años cincuenta, la canción inicia con una idea muy simple: podría hacer cosas peores que salir con uno o dos chicos. Entre esperar a “don perfecto” y darse duchas frías todos los días, lo peor que podría hacer esta chica es llorar enfrente de un fulano. ¿Es mejor ser una zorra que una estúpida sensible? Bueno, esta canción me hace pensar en aquello y en muchas cosas, pero por ahora en lo que quiero divagar es en: ¿qué es lo peor que podría hacer? Definitivamente ser una zorra es muy divertido aún en pleno siglo XXI cuando podría parecer un(a) _________ (barbaridad, riesgoso, acto promiscuo…ponga lo que quiera), la verdad es que tener el coño libre de arrepentimientos es de lo mejor para la salud de la conciencia. ¿Quitarse la vida será lo peor que puede uno hacer? ¿Matar? ¿Ser una estúpida sensible? ¿Tirar migajitas a alguien que te adora? … ¿o comer niños en una isla? 

SI TUVIERAS MUCHO DINERO ¿QUÉ HARÍAS? 
 A menudo juego con Cindell a imaginar que somos ricas. ¿Yo? Pues claro que seguiría trabajando, mi lugar feliz es un salón con adolescentes apestosos que no quieren aprender ¿qué más? Bueno, después de pagar deudas, asegurar la educación de mis crías y una buena herencia, viajar a Europa con mi papá… ¿qué más? Mi imaginación no tiene límite cuando se trata de hacer a los demás felices, ¿está chido, ¿no? Tener unas 20 hectáreas como santuario para perros, y gatos, y burros… pero el quid radica en la eternidad del dinero, si es que ésta existe, porque entonces -me dijeron hace unos meses- es cuando después de la filantropía viene la vorágine que puede llevarte a comer niños. “¡No estoy justificando a esa gente horrible, pero ¿qué queda cuando has gastado tu dinero en todo, cuando ya lo has tenido todo?” Se me dijo después que mi aproximación hacia este asunto es desde la superioridad moral, después se me dijo que era tan ingenua como un bien intencionado adolescente de 18 años. 

LOVE ECONOMICS 
No podría repetir con exactitud lo que le contesté a aquel fulano; la idea general de mi respuesta fue que ya aprendí la lección, muchas veces en la vida he estado a punto de perderlo todo por decisiones que parecen improvisadas, cuando en realidad son el germinado de creencias heredadas, heridas o una muy insalubre confianza en uno mismo… para mí, es un tema de congruencia. Ya saben, congruencia, ese lugar donde convergen el Yo, el Ello y su súper hermano; ahí donde nuestras experiencias y nuestra conciencia se comunican (dicen los humanistas); ese lugar paradisíaco donde el yo encuentra su estabilidad dice mi amor Lacan ¡pero que voy a saber yo una humilde licenciada en filosofía! Por si fuera necesario, lo escribo: jamás he sido del todo congruente, sigo conservándome en el espacio de la personalidad obsesiva que no del trastorno. Y sí, quizá es un poco mi personalidad la que subraya la importancia de la congruencia, por otro lado, es una cuestión de economía. Si algo me ha enseñado la maternidad es la distribución de los recursos de la mente: no puedes gastarlo todo porque caes en recesión y eso jode a los hijos (ya de por sí los traumas están garantizados). ¡Ah! Eso es algo peor que podría hacer, rendirme al mal gasto de mis afectos para quedarme en ceros, arrebatando hasta el último centavo de mí para mis hijos. Consumo, intercambio y gratitud ¿lo puedo resumir así? De ente todas las cosas terribles que podríamos hacer, me inclino más por lo mejor que podríamos crear desde el lugar más oscuro de nuestra sensibilidad. 

COMPRAR AMOR 
“¡No! No se puede comprar amor”, eso dijo aquel adolescente con el que me compararon y que gusto me da que piense así porque, aunque no es mi sangre es mi alma, el gasto más alto que hecho de mi ser. Uno no quiere que los hijos sean como la aventurera que vende caro su amor, yo al menos, deseo que mis crías anden de zorras por ahí, seguras de que su valor no radica en el uso de sus verijas; ¡que amen, que sean amados! Y no anden por ahí dando de comer perlas a los cerdos. Congruencia en los afectos para ellos. Para mí (suspiro mientras escribo) una larga espera porque no sé comprar amor, ni buscarlo en aplicaciones, afortunadamente lo tengo en casa, con los míos… pero allá afuera, toca esperar. Cuento los días para que me digan la verdad, para que la honestidad brote con toda su congruencia y me digan que no, como acto de sinceridad, o de compasión porque no soy una Sandra Olsson (personaje de Olivia Newton-John).

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