Graciela tiene en casa un mapa enmarcado que corona el sillón de tres plazas donde sostuvo el llanto después de que colgara el teléfono con la noticia: Manuel se va a matrimoniar. Ese maldito con cara de soltero-por-siempre y actitud de no-soy-material-para-el hogar.
Casi todos los días escucha el aplauso de salas de juntas o auditorios, salones llenos de mujeres que, ávidas de sabiduría milenial pagan enormes cantidades de dinero para por fin entender el secreto: cómo vivir sin hombres sin convertirse en extremista del feminismo.
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A Puerto Rican Housewife, Diane Arbus, NYC, 1963 |
XAVIER
Cuando llega a casa, Xavier ladra su nombre mientras mueve la cola gustoso, acompaña a Graciela al descalzadero de todos los días; ve volar medias, sacos, blusas bordadas a mano y bolsos que bien podrían guardarlo y llevarlo a todos lados muy a la Paris Hilton de la primera década del XXI.
Xavier puede leer-la muy bien: necesita escuchar que alguien diga su nombre en voz melodiosa.
El cuerpo famélico de la mujer que compra las croquetas no es problema para Xavier, pero esa peste. Nicotina, formaldehído, Halloween. Un meto veintidós centímetros, es la distancia perfecta para que su respiración no le interrumpa el sueño y aquel olor no lo haga estornudar; a esa distancia también se puede observar la poca benevolencia con la que ella se trata.
A Graciela se le acaba el pulgar swipe tras swipe, persigue las historias de Javier, aquel hombre maravilloso que le rompía las medias y la dejaba fumar en la cama, ese que recogió su ser para conservar su bello rostro de soltero-por-siempre. Pero nada, ni un view fortuito se le escapa al cabrón. Graciela se escava por dentro tratando de encontrar el día en el que desarrolló el daddy issue que la mantiene buscando a estos no-soy-material-para-ningún-tipo-de-relación.
Un promedio de dos mil personas ven las historias que sube a redes, pero él no, ni en su cuenta personal, nada. Graciela estará el día de su cumpleaños tras el teléfono en espera de cualquier sonido, un indicador que pueda traducirse como interés: un like, un view, un repost. Graciela no sabe que Javier no recuerda su cumpleaños.
Xavier sabe que ella guarda una bolsa de tela, de esas de polipropileno. Javier se la prestó el día que fueron a un “bar parisino”; ella había comprado muñecas de porcelana para un giveaway de su canal, donde las ganadoras serían grabadas rompiendo el molde del patriarcado. $250 pesitos cada una. Aquel día ella no cargaba con su tradicional bolso come-perros.
La bolsa de tela fue para Graciela un gesto de caballerosidad.
JAVIER
Lo que no sabe Graciela es que Javier no la ha olvidado. A veces, cuando besa a su novia, cierra los ojos, la besa despacio, de derecha a izquierda en línea recta, de oreja a oreja, baja un poquito hasta llegar a la carótida sin encontrar el olor que espera.
La novia de Javier y Graciela, tampoco saben es que cuando la primera deja el departamento de Javier después de un coito bien conocido, él selecciona Imagination de Foster the people para iniciar lo que se está convirtiendo en un peligroso ritual. Saca a los gatos del recinto, toma el gel de ducha antes de pararse frente a la ventana. Play. Se acaricia un poquito la cicatriz que le quedó en su codo izquierdo un día que Graciela lo mordió muy fuerte.
La recuerda beber de la cerveza así sin nada de gracia, dejando su aliento en sus Pall Mall, clasificando cada una de las cosas de la barra de la cocina mientras los dos resistían un rato la electricidad que describía Lucerito en 1991.
Probablemente es el sabor de su vulva el que recuerda con más claridad; sin falta acuden como pequeños santos, flashes mentales de sus nalgas empinadas, sus senos blancos, la piel de su espalda bajo su barba, aquel pequeño y simple gesto de erotismo que él sabía Graciela disfrutaba. La invoca.
Después de eyacular corta una rama del bonsái, así controla que su ritual no se convierta en adoración. Eso tiene Javier, que sabe dejar las feromonas en su lugar y el utilitarismo de las bolsas de tela, ahí, en un acto azaroso que nada tiene que ver con el romanticismo.
GRACIELA
La bolsa cuyo estampado invita a comprar galletas cafeteras ahora vive escondida dentro de un bolso bajo el nombre de “excusa", el
dichoso y malinterpretado pedazo de polipropileno guarda el eco de los parientes
pobres del amor que Lucerito cantaba en 1993, coronita de señora que sacará en unos años para vestir en fiestas de gala.

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