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EL AMOR ES UNA EXPERIENCIA ANALÍTICA

Dice la dra. Chiaraviglio que los humanoides nos enamoramos solo en la adolescencia y luego alrededor de los cuarenta porque son las etapas en las que no sabemos para donde caminar.

honey.nine.com.au
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Un gran amor

Lindsey Buckingham y Stevie Nicks se conocieron en sus juventudes, ahí en una fiestecilla en la que sin haberse visto antes se acompañaron cantando California Dreaming (eso recuerdo, pero puede ser otra canción de The Mamas & The Papas); meses después ya estaban cantando y viviendo juntos, relación en la que –por su puesto– ella maternó para que su amado triunfara en la artisteada.

Si Steve hizo de mamá de Lidsey ¿cómo llegó a ser vocal en Fleetwood Mac? Pues es que cuando Mick Fleetwood invitó a Buckingham a integrase a la banda, éste lo hizo a condición de que se sumara Nicks; no me sorprendió leer por ahí que el noble caballero le recordaría a Steve que su fama se la “debía” a él. Y pasaron los días, los meses, los años para que en secreto Steve comenzara una relación con Mick, muy en secreto para evitar que el ex enfureciera. Igual se enteró.

Y bueno, el asunto no paró pronto, coloque usted cualquier escenario telenovelero, ridículo, penosamente doloroso justo así como usted que lee y yo tenemos el privilegio de imaginarnos a razón de una experiencia similar. Era 1970 cuando empezaron a vivir juntos, desde entonces y hasta 2005 perpetuaron una de las grandes historias de amor, o eso dicen los biógrafos de estos dos y aquella legendaria banda ochentera. Pero a mí me recuerda más a una competencia de egos con derecho de piso.

Derecho de piso

Si usted quiere vender en un tianguis, o poner un negocio, se enterará que existe el “derecho de piso” pero también si se procura cualquier tipo de relación. Madre, padre, hermano, hermana, amiga, amigo, amigue, situationship, friend zone, fuck friend, novia, pareja, amante, amante bandido, exlo-que-sea, separado, divorciado ¡name it! Tantas formas de llamarle a millones de intentos entre ¿adultos?

La dra. Chiaraviglio suma a sus conocidas sentencias que las relaciones sanas –yo prefiero la palabra funcionales– se construyen entre adultos, entonces, ahí donde hay dos adultos no hay reclamos tales como “tú nunca me apoyaste”, “deberías mejor buscarte otro trabajo”, “ya no fumes”. Donde hay dos adultos, parece, hay voluntad y libertad: se quiere estar y se deja ser mientras uno es lo que le da la gana ser.

Este asunto me gusta mucho desde los ojos de Lacan que, en el caminito de lo real, lo simbólico y lo imaginario explica la ‘sucia mezcolanza’.  Monsieur Jacques L. –que hizo un licuado verde con la teoría freudiana–, su el amor suple la relación sexual que no hay y sus castraciones, llega al mismo punto que la muy accesible doctora en lo que se refiere a las necesidades, de cómo llegamos de la contingencia al “te necesito en/para/por…”

Confundirse es fácil porque parece que la cosa es saber pedir, pero no, el asunto de creer que tenemos derecho de piso con el otro radica en la pregunta ¿qué necesidades quiero que el otro me cubra/sane/percuta? Si hacemos a un lado que hay que “pagar” para tener cualquier tipo de derecho entonces queda la calle, la libertad de ser y hacer. Si lo llevamos al terreno lacaniano –y a través de su paradigma– ocurre la interlocución, en palabras de Nilda es posible hablar con la misma interpretación de amor, se comparte el lenguaje y así, sí hay posibilidad.

A casi nada de ser lencha

Amar no debería costar. La compatibilidad en la oferta y la demanda no requiere de derechos sino de intercambios, perdón me estoy desviando por la culpa de mi clase de economía. Regresemos a Lacan, la imposibilidad, bla, bla, bla; el goce, bla, bla; la palabra, bla. Yo no quiero rebuznar –diría Pancho–, así que, sin adentrarme más en sus ondas escabrosas, quiero por último tomar aquello de la descripción de una relación y es que si no se trata de derecho de piso ¿qué carajo es?

Después de pasada la euforia que nos provoca la química cerebral –dopamina, serotonina, oxitocina y vasopresina– queda lo otro, la ausencia del sexo y ahí, ahí se anuncia el desastre o la interlocución.  

El desastre es inminente porque no hay comunicación y si nos remitimos a las partes básicas de la misma que nos enseñan en la escuelita, pues además del emisor y el receptor es muy necesario utilizar el mismo código –se los digo yo, no importa cuánto se intente, nada más no hay mensaje que llegue y se entienda–.

Ahí, es justo ahí donde si se suma el derecho de piso empezamos con una sarta de canciones más perversas pero bueno, nos parece encantador el ¿qué hora son mi corazón? Hasta que se convierte en un sonsonete irritante que por respuesta recibe ¿qué no puedes ver en tu celular? o ¡ve en tu reloj, cabrón! Empezamos a castrarnos.

La castración va de prohibiciones, sí, ese es el derecho de piso: no dejes la toalla mojada en la cama, te tocan los trastes, ¿tú crees que esos dibujos están bien hechos?, no fumes, no vayas, no salgas, no digas, no escuches, no hables, mucho menos llores, sin mí tu no serías nadie en la música. Y así otras cosas como quedarse en una relación monógama cuando uno no quiere, o elegir quedarse sólo a jugar videojuegos; parece que en un acto de poca sensualidad masoquista hasta nosotros nos cobramos derecho de piso, y por eso ya quiero ser lencha. No entiendo nada.

Bueno sí, me queda muy claro que, para desgracia mía y paz de mi papá “no soy lencha”.

Inventarse un discurso

Pues claro, uno inventa. Uno inventa lo que puede. Hay quien no puede inventarse siquiera una afición, hay quienes abusamos de la chaqueta mental, hay quien se calza para drogarse con sus propias endorfinas, hay quienes preferimos otras drogas, placebos absurdos como quienes se hacen la casa de paja –sí, es albur– y otros de madera con tablero de ajedrez para jugar al hilo rojo del destino.

Yo no entiendo ¿es que no nos queda más que un encuentro de síntomas? sexo sin protección, vómito literario, remembranza de fotografías oculares, corazón acelerado, roto el corazón, desarmada la razón ¡ganas de huir! O de pedirle al otro que no huya ¿Enamorarse es siempre un peligro?, ¿bajo qué circunstancias?, ¿es que mi droga favorita es la sintomatología?

Enero. Año 2023. Mi discurso empieza y termina conmigo, se escucha a petición del público, lo interrumpe Paul McCartney con su pregunta Some people wanna fill the world with silly love songs and what's wrong with that? Y luego el tonto de Lindsey I should run on the double I think I'm in trouble ¡me lo dice a mi que odio correr! Bueno, cuando me veo obligada corro pero sólo al Gato Cósmico aunque también me mande al deporte con zapatilla deportiva.

Yo no quiero correr ni ser parte de una narración. Quiero caminar lejos del derecho de piso, quiero ser yo, quiero la interlocución, pero pasando antes por dos tercios de canciones cursis, convulsas reacciones a las notificaciones del handy, el deseo de cualquier placebo –que no salga de una farmacia–, una foto, un mensaje de voz.

¿Es que hay que hacer un casting muy a la Palahniuk para hallar un fulano que no existe y así garantizar la libertad de ser? Bueno, con ayuda de algunas amistades así debiera quedar mi anuncio:

Se solicita fuck friend para pasión seria, sin broncas, amigo para practicar el catalán, verga gruesa de fácil erección –pero lenta eyaculación–, cuentista de hobby, caballero de vocación, ser independiente en todo sentido, romántico empedernido sin interés de inventar discursos para justificar sus faltas, que sea y deje ser, sujeto que bese bien sin necesidad de villana persona que le haga valer su derecho de piso, felino presente en la presencia y fantasmal en la ausencia. Heterosexuales coquetos que buscan compañía segura con la vecina y su cocina, narcisistas religiosos del ciber coqueteo, abstenerse.

¿La oferta? Bueno, parece que sólo pocas personas la conocen ¡siendo tan fácil de leer! Pregunte usted a ella, esa con la que en soledad tenemos goce, palabra, paz, silencios cómodos. Con la que soy y ella es sin esfuerzos; ella con quien hay encuentro, interlocución a quien veo, me ve. O la otra, la segunda Eva, radioescucha número uno de mis podcasts existenciales.

De que hay oferta, pues la hay, pero todavía la estoy lacaneando. Mientras tanto, esta confusa verborrea concluye en cuatro puntos que, hasta hoy me quedan clarísimos:

  • No soy lencha, pero en cuanto firme mi divorcio me voy a comprometer con la mujer que es más bien gato.
  • Eliana no es Silvana.
  • Silvana no es todos los ex, pero ilustra muy bien la loquera de estos.
  • El amor es una experiencia analítica.


Comentarios

  1. Un gran problema es la heterosexualidad, sobretodo la masculina. Lenchear está bueno, aunque también es harto complicado. Lo mejor es la flexibilidad degenerada (entiéndase como lo divertido y doverso).

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