antropológico cuya telescópica ventana lleva ya siete años usándose para estudiar la localmente conocida como “cafetería del adivino” en la que se anuncia lectura de arena egipcia y promete un ambiente exclusivo y romántico que armoniza con la presencia de sus visitantes.
En ese cuarto habitan 3 antropólogos
que se quedaron atrapados tras el derrumbe de sus revistas Life y su colección
del periódico Ovaciones que se redacta en la colonia Anáhuac, desde sus
ventanas alguien observa la torre de Pemex mientras escribe con prisa y
precisión la edición de las dos de la tarde, la favorita de los que gustan del
cine, ahí en la página tres les espera el plan de la tarde.
Román
Como si fuera astrofísico ha
elegido una estrella, la más pequeña que se observa dentro del sector de
titanes de concreto, relucientes, nuevos, futuras sepulturas de las ilusiones
de la que ahora se pasea sin saber que es objeto de estudio. Si fuera mucha la
coincidencia ella se llamaría Astro o Cometa, nunca lo sabremos.
Ella camina viendo al cielo,
parece querer cazar aves con su saludo o imágenes con su réflex. Su nariz choca
con el pulgar derecho cada que se prepara para disparar, Ramón logra distinguir
un ligero suspiro que relaja la frente de su estrella, parida por unos vecinos
que conocieron a los padres del trio.
Verde, un poco de rojo y
amarillo, anota el estudioso en su bitácora. Cappuccino, su bebida
casual, un americano, y emparedado de jamón de pavo. Mordida, sorbo, mordida, sorbo.
La estrella parda fue bautizada
como Vulvina.
Ramiro
Como si fuera granjero cría
conejos y pollos en la covacha del departamento de lujo –a razón de sus 3
recámaras– y, además, tomó potestad del resto de ventanas que ahora hacen de
parcela de su jardín. Tras los vapores de la olla exprés y el humo de las
hornillas sucias cocina frenéticamente hasta poder atiborrar el Electrolux.
El persecutor de loncherías es el
único habitante con dos actividades, cocinar y observar; su turno es de las doce
a las catorce horas durante las cuales toma notas de voz para registrar las
entradas y las salidas de la cafetería, los consumos: las sodas italianas y los
mocaccinos empatan los fines de semana, a penas por debajo de las sodas de cola
con helado de vainilla, los cappuccinos de sabores. Sin falta alguna entre las
trece y las catorce el ochenta por ciento de los comensales presentan la
paradoja de estos comercios: bebida dulce, alimento salado.
De las mesas con ceniceros el
setenta y cinco por cierto recibe en sus mantelitos de papel café turco que
habrá de ser leído por el gran Galo-Loga, quince por ciento de mesas acompaña
sus bebidas con el tarot, el resto camina a la única mesa que no se ve desde el
departamento así que nunca sabremos como es la dichosa lectura de arena
egipcia.
Ramón
Mesa cinco. Verónica llegó
diez minutos tarde. El aliento de Carlos suma cinco cigarros y un expreso mal
hecho por la nueva mesera, alcanzo a leer, Na-ta-lia. Una malteada de vainilla
y cigarro –qué asco– Ella se dirige al baño mientras él paga. Nunca habían
salido tan tarde como hoy. Caminan aproximadamente cuarenta pasos, se besan, y
así hasta llegar a los juegos sucios de manodeniño.
Carlos se recarga en una
jardinera. Verónica se aproxima de frente; viste su vestido negro #4, no, es el
#2, ese que se llenó de pelos de gato aquella ocasión en la que se revolcaron
en los asientos del Ford Pinto.
Carlos mete su mano derecha
debajo del vestido, su mano izquierda se apoya de la cadera de Verónica cuya
cara no logro ver por estar ella inclinada a la derecha. Verónica –que es hija
del general que vive en el Terán– sube su pierna izquierda para ampliar la zona
de maniobras de Carlos, hombre que ha diseñado más edificios que el mismo Pani,
pero que no han salido de su mente chabacana.
Mesa nueve. La Vulvina de
Ramón y Elena, mi Elena, comparten lo que, estoy seguro, es la fotografía más
valiosa que tendrán en sus manos: Julio Iglesias saliendo del Regis ataviado de
pies a cabeza en flamante azul pastel. Mi Elena. Voltea.
Paseo de la Reforma Norte – 730,
Edificio Zacatecas, U. Tlatelolco
Debió haber sido en una posada
veracruzana la primera vez que se sirvió una taza de café, no sabemos todavía
cuándo y dónde se sirvió la primera taza de café en el Distrito Federal, pero
la primera cafetería operaba por ahí de 1798 en la calle de Tacuba, Café
Manrique. Ya cerró sus puertas.
Son las veintitrés horas con
cuarenta y dos minutos, el adivino sale con las meseras y el garrotero. Román
deja el pizarrón de corcho donde va dejando notas y dibujos de los paseos que
se da su estrella errática, va al baño a lavarse la cara.
Ramiro escarba la montaña de
papel y tinta que bloquea la entrada, como todos los días acabará dormido buscando
la fecha en la que se estrenó “Lawrence de Arabia”, pues es justo ese día en el
que notó el ritual de la compañía y la comida.
Ramón se pierde en el teclado de la Vendex 500T dominado por el ritmo de la máquina, intentando transcribir sus notas de voz comienza otra conversación con Elena, confundido por su deseo y el éxito de verano en la voz de Chico Novarro le pregunta si hace falta que le diga que se muere por tener algo con ella, aunque sea un intercambio de miradas.

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